LA LEYENDA DEL ÁGUILA Y EL HALCÓN. (Marcos Carrasco) (Leyendas De Escobulandia)

LA LEYENDA DEL ÁGUILA Y EL HALCÓN.

Esta narración que hoy os traigo, LA LEYENDA DEL ÁGUILA Y EL HALCÓN, salió publicada, tal como voy a entregárosla, en un libro llamado Leyendas de Escobulandia. 

Los chicos del programa de Radio La Escóbula de Brújula, lo publicaron no hace mucho. Entre todos sus colaboradores, Marcos Carrasco, amante de la cultura india, optó por esta leyenda que una vez narró Alce Negro, jefe y shamán de los Sioux Lakota

Además de la ilustración que podéis ver en la cabecera, que es extraída de la que veréis más abajo, también es de Marcos, que puestos a conocerlo un poco mejor, te dejo por si aún no has tenido oportunidad de conocer su obra, el Post que una vez le hice. MARCOS CARRASCO. Magia y Lienzo. 

Conocí al artista, por su colaboración en dicho programa, en su sección, el Taller del Pintor

Pintor inigualable, de estilo único. Con una visión y una belleza, que hacen de su obra, un deleite personal, para quien contempla uno de sus cuadros. Ha tenido a bien, regalarme esta leyenda de la que te hablo. Lo que le agradezco enormemente, por lo que significa el detalle para mí. Sin más te dejo la narración…

En los pueblos indígenas norteamericanos existió un espíritu salvaje que se manifestó en toda su grandeza, un pueblo que se estremecía al percibir los sonidos lejanos de su ancestral danza iniciática. Poseían un universo perdido de leyendas y mitos, una forma de vivir arraigada a la tierra, donde la entereza del guerrero y la sabiduría del chamán llegan a nosotros a golpe de tambor.

Conocer los rituales y costumbres de estos nativos, nos hace participar de un misterio perdido para siempre, plagados de cánticos que dibujaban con entonación temblorosa los conjuros más insólitos. Los individuos de estas tribus se debían a sus sabios, hombres de poder y ancianos, que eran los encargados de realizar los ritos y danzas donde se proporcionaba poder para la curación y éxito en las más arriesgadas empresas.

Era frecuente la realización de ciertas danzas mágicas para convocar toda la brujería posible, se modificaba con ellas la realidad, para dar lugar a estados alterados de conciencia y con ellos entrar en el más allá, comunicar con los espíritus y hacerles las peticiones oportunas.

En el corazón de la Norteamérica antigua, el conocimiento era transmitido de boca en boca durante siglos. Esta práctica nos hace reflexionar sobre el orden de las cosas en nuestra sociedad actual. La existencia que nos circunda la construimos cotidianamente con la mente y qué lejos estamos de comprender el enigmático diseño de aquel mundo de los hombres puros, que era como se llamaban así mismos muchas de estas tribus indígenas.

La congregación de nativos más célebres: La nación Sioux, conocida mayoritariamente a través del cine de Hollywood, que nos

Alce Negro con su segunda Esposa (Sioux Oglala) (Fuente Wikipedia)
Alce Negro con su segunda Esposa (Sioux Oglala) (Fuente Wikipedia)

ha distorsionado la realidad de estos hombres hasta los límites de la humillación. Los Lakotas Oglala, una de los tres territorios de los que se componía esta enorme extensión, junto al Santee y al Yankton. Sus brujos y hombres medicina practicaban, la magia, y el poder en las ceremonias, sus conocimientos no fueron comunicados hasta mediados del siglo XX, por uno de estos miembros pertenecientes a este selecto clan, el viejo guerrero y chamán Alce Negro, el hombre mágico, el santo de los Sioux Oglala, pueblo indígena al que pertenecieron personajes muy conocidos por el cine norteamericano como Caballo Loco, Toro Sentado o Nube Roja.

De Alce Negro (1863-1950) podemos decir, como detalle digno de mención, que él no veía ninguna contradicción entre las tradiciones tribales y el catolicismo, como se puede ver en la fotografía.

Este hombre sabio entre los sabios, antes de morir, dio a conocer los enigmas de los ritos Sioux mantenidos en secreto durante muchísimo tiempo. Una tradición de comunicación constante con la naturaleza, que era su fuente de medicina y conocimiento. Un saber que tenía como norma escuchar a la tierra y al Gran Espíritu. Esta enseñanza, nos ha llegado con cierta dificultad y casi se pierde para siempre. Es un conjunto de tradiciones que forma parte de la gran herencia de su pueblo, contenían leyendas, canciones y ritos, siempre al pálpito rítmico de la vida.

Con la muerte de Alce Negro desapareció una manera de vivir en la cual el universo, representado magistralmente con el toque del tambor, latía con los impulsos sagrados de los guerreros en su danza eterna. La historia, forma parte de uno de los preciados legados de ese conocimiento transmitido de boca en boca. 

La leyenda del Águila y el Halcón

El relato que nos evoca una de estas enseñanzas, sucedió un día en que los campos, en la mágica hora del amanecer, lucían una suave neblina, todo era gris y frío en el poblado. El otoño daba paso al invierno en su inexorable rueda del tiempo. Un conjunto de tipis forrados con pieles trabajadas por las mujeres de la tribu, se extendían por el claro del bosque. Hogueras humeantes auguraban comidas bien elaboradas por jóvenes y ancianos de uno de los poblados Lakotas, que eran uno de los clanes dispersos que poblaban el vasto territorio de  lo que hoy son los estados norteamericanos de Nebraska y Wyoming. Bisontes o Tatankas, como le llamaban estos indígenas, antílopes, osos, ciervos, aves y los numerosos pescados capturados por los hombres, eran los manjares preferidos de los moradores de aquellos valles y llanuras. Los frutos, tubérculos y hierbas aromáticas, completaban la dieta diaria. Entre ellos habitaban un buen número de curtidos guerreros que a veces pasaban días enteros cazando y pescando en los lugares más recónditos e inexplorados, no sin antes, dar gracias al gran espíritu, Wakan Tanka o lo que podríamos traducir como “Gran Misterio”.

La Leyenda del Águila y el Halcón. (Ilustración Marcos Carrasco)
La Leyenda del Águila y el Halcón. (Ilustración Marcos Carrasco)

Cuenta la leyenda de los indios sioux, que uno de estos guerreros, Ptaysanwee (Búfalo Blanco), al llegar al amanecer de una de sus interminables cacerías de bisontes y recién repartidas todas las piezas para el uso de sus pieles y carnes, se acercó al tipi donde aún dormía Talutah (Sangre Roja), la hija del cacique y bellísima mujer, a la que tomó de la mano para sacarla de su sueño con cierta premura. Esbozaban una expresión de felicidad en sus rostros al tiempo que apretaban el paso para acercarse hasta la tienda del hombre medicina, el chamán de la tribu. Una vez dentro de ella, se quedaron unos instantes estupefactos ante la atmósfera irreal que se respiraba dentro allí. Colgados por doquier había numerosos cráneos de venados, zorros y utensilios para practicar los rituales de hechicería. En el centro de la espaciosa estancia, había una vasija de cerámica que humeaba con escorias de algún incienso aromático, desprendiendo una serpenteante columna de humo blanco hacia la abertura superior de la tienda. Plumas de águila, racimos de cuentas y sonajeros con calaveras pintadas, se perfilaban en medio de aquella penumbra. Las paredes interiores estaban decoradas con pinturas geométricas de vivos colores que correspondían a anteriores conquistas de brujería ya pasadas, éxitos que adornaban este templo secreto de tan respetado miembro del clan. Tardaron unos instantes en acostumbrarse a la oscuridad del interior del habitáculo. Una vez tuvieron los dos visitantes la visión despejada, Búfalo Blanco se dirigió al brujo, el llamado Wakanda, que en lengua oglala significa El que posee Poder Mágico. 

– Honorable Wakanda, tengo que decirte que Sangre Roja y yo nos amamos – dijo Búfalo Blanco apartándose el cabello que le caía sobre la frente, donde aún tenía el sudor  por el ejercicio realizado la madrugada anterior. 

– Nos vamos a casar – dijo Sangre Roja, irguiendo su elegante cuello como una garza real. 

– Estamos tan unidos y nos queremos tanto, que tenemos miedo – dijo Búfalo Blanco, al tiempo que el temperamento, el arrojo y la valentía de uno de los hombres más belicosos de la tribu se deshizo, como un niño temeroso que manifiesta miedo ante lo desconocido. 

– Hemos pensado que nos hace falta un talismán, un hechizo, un embrujo que nos ayude a asegurar nuestra unión – dijo ella. En este momento ensombreció su mirada, que divagaba con curiosidad por el entorno hasta clavar sus enormes ojos negros en los del hombre de poder. 

Wakanda, el brujo escrutaba con pupilas penetrantes a la joven desde su sitio, estaba sentado con las piernas cruzadas y sostenía en sus arrugadas manos, una pipa ritual espléndidamente grabada con innumerables relieves, la había heredado como manda la tradición, de sus antepasados. Unos ojos llenos de infinitos surcos por la avanzada edad, parecían ahora velados por el azulado humo que surgía del centro del tipi. 

El silencio se hizo entre los asistentes. Un espacio infranqueable se abría entre dos mundos. La premura, la ansiedad y la inquietud de la petición de los dos jóvenes contrastaban con la serenidad imperturbable del anciano brujo, sabedor de los milagros que opera el paso inexorable del tiempo. 

– Cualquier hechizo o ritual que nos haga sentir seguros de nuestro compromiso, que garantice que podremos estar siempre unidos – masculló el joven guerrero tensando sus músculos. 

– Un embrujo que nos asegure que estaremos el uno al lado del otro hasta encontrar al Gran Espíritu, a Manitú, el día final de nuestras vidas, para traspasar el gran lago, la muerte – dijo Sangre Roja con los ojos vidriosos por la emoción. 

– ¿Hay algo que esté en nuestras manos para conseguirlo? – dijeron casi al unísono los dos jóvenes. 

El viejo brujo detuvo su mirada en ellos con una pausa que a la pareja se les hizo interminable. Los ademanes parsimoniosos del anciano exasperaban a los jóvenes impacientes. Cogió una gran bocanada de su pipa ceremonial hundiendo sus mejillas como si el tiempo estuviera congelado, como si los siglos de sucesivas generaciones de congéneres se hubieran detenido en el gran momento presente. Finalmente, y al tiempo que expelía el humo que hacía formas sinuosas frente a su semblante majestuoso, dibujó una escueta sonrisa que casi se resbaló de la comisura de sus labios. 

– Si hay algo que se puede hacer – dijo el hombre medicina, que masticaba sus palabras impregnadas de misterio, con aquella entonación en la voz tan familiar para su tribu – es algo muy difícil y que requiere de gran sacrificio. No sé si estaríais dispuestos… 

– Sí, de qué se trata – respondieron casi a la vez los dos jóvenes con la emoción en la boca. 

– Haremos lo que sea – aseguró Búfalo Blanco. 

– Bien – dijo el anciano – Sangre Roja, ¿ves la montaña que está al norte, cerca del río con forma de mujer tumbada? Tendrás que escalarla sola. No llevarás ningún arma, solo tus manos y una red. Tendrás que cazar el halcón más bello y fuerte que veas. Si le das captura, tendrás que traerlo aquí vivo una vez pasados tres días de la luna llena. ¿Has entendido? 

La muchacha con un movimiento imperceptible asintió con la cabeza, sus ojos permanecía muy abiertos, su determinación se debatía entre la decisión y la duda, en una pugna que ocurría en el campo de batalla de sus pupilas.

– Búfalo Blanco, tú – dijo señalando el viejo Wakanda imperativo – tendrás igualmente que escalar otra montaña, la Montaña de los Muertos que está al Sur, pasado el bosque viejo de abetos. Una vez que llegues a su cima, tendrás que encontrar a la más majestuosa y bella de las águilas y atraparla solamente con tus manos y una red, sin hacerle ningún daño ni herida. La traerás aquí ante mí el mismo día que venga Sangre Roja. Id entonces a hacer lo que os he mandado. ¡Corred! 

Un espasmo recorrió hasta la médula al joven guerrero que activó sus acostumbrados músculos para la caza. Miró a su amada que todavía no había salido de su estupor, y contagiada por el ademán del guerrero se dispuso a salir con celeridad. Se sonrieron fugazmente y salieron rápidamente de la tienda del brujo a cumplir con el encargo. Transcurridos unos pasos que se convirtieron en carrera, sus caminos se dividieron, ella hacia el Norte y él hacia el Sur, para cumplir con la misión que les fue encomendada. Todo ello ante la atenta mirada de los miembros de la tribu, que salían lentamente de sus tiendas a sus quehaceres cotidianos, estos todavía con el sueño reacio a dejar sus cuerpos y ajenos al reto de la pareja pero extrañados ante tanta prisa. 

El día acordado los jóvenes se presentaron ante el viejo Wakanda con sendas bolsas de piel que se retorcían y vibraban por el contenido que transportaban. Al traspasar el umbral del tipi sagrado, el chamán les hizo un solemne gesto para que pasaran a su interior y se acomodaran delante de él. El anciano les pidió que sacaran las aves de sus bolsas, los jóvenes cansados, sudorosos y con ánimo impaciente, obedecieron prestos  extrayendo de sus sacos los mejores ejemplares de su especie, con mucho cuidado ya que sus garras y picos muy afilados trataban de defenderse. 

– ¿Cómo era su vuelo cuando lo cazaste, volaba alto? – preguntó el brujo.

– Su vuelo era alto y majestuoso Wakanda, tal y como me pediste. ¿Qué hacemos con las aves ahora? – preguntó el joven – ¿las mataremos y nos beberemos su sangre para extraer así el poder mágico de su visión y su fuerza? 

– No – dijo el viejo cruzándose de brazos y curvando las comisuras de sus labios hacia Impertérrito como siempre, lo cual exasperaba al joven guerrero que quería soluciones rápidas. 

– ¡Ah ya sé! para conseguir la fuerza de sus músculos, la destreza de sus garras y la ligereza de sus plumas, los cocinaremos y comeremos su carne – dijo Sangre Roja. 

– No – gesticuló el viejo, moviendo el rostro de un lado al otro solemnemente – haced ahora lo que le voy a decir. Agarrad las aves y atadlas entre sí por las patas. – El chamán les extendió unas cintas hechas con el cuero de su viejo atuendo. – Cuando las hayáis anudado soltadlas y que vuelen libres. 

Los jóvenes perplejos intercambiaron miradas, y luego se encararon al brujo sin entender cuál era el hechizo misterioso que iba a ocurrir a continuación. Desconocían cómo sus vidas se iban a ver afectadas por el misterioso ritual que en el futuro estaba llamado a acontecer. Búfalo Blanco y Sangre Roja resignados, salieron de la tienda del  y una vez atadas las patas de las dos aves, la derecha del águila a la pata izquierda del halcón, cuando habían caminado unos metros de la tienda las soltaron. Las aves intentaron levantar el vuelo, pero la falta de coordinación de sus aleteos por el nudo de sus extremidades, consiguió que solamente se revolcaran por el polvoriento suelo. Extenuadas y tras varios minutos de agitación, las aves agresivas por su incapacidad arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse. Los jóvenes se miraron impotentes sin comprender donde estaba el embrujo y cuál sería el efecto sobre sus vidas. El anciano que había salido de su tienda instantes antes, se dirigía lentamente hacia ellos con paso seguro dispuesto a aclarar la situación y anunciar el conjuro solicitado. 

– Jamás olvidéis lo que acabáis de ver. Este es vuestro hechizo – dijo el venerable anciano, que sonreía ante la confusión de los intrépidos jóvenes. – Sois como el halcón y el águila, si os atáis, aunque sea por amor viviréis arrastrándoos mutuamente y tarde o temprano acabaréis hiriéndoos el uno al otro. Si queréis que vuestro amor perdure de por vida, “volad juntos pero jamás atados”. 

Esta Leyenda nos habla no solo de las relaciones entre amantes, si no de las relaciones entre personas que en general conviven. La adicción a la dependencia del compañero y las actitudes de dominio ante él, puede desembocar en una experiencia castrante que genere depresión, miedo y agresividad. Definitivamente, con el paso el tiempo y la experiencia, nos lleva a deducir que nada ni nadie es indispensable, que todo queda reducido a la idea de la impermanencia del universo que nos rodea, si venimos a dicho mundo sin ningún apego, sin nadie, debemos mantener y aprender a vivir sin atadura. Las enseñanzas legadas antes de su muerte por Alce Negro, fueron un conglomerado de sabiduría antigua, en la que los hombres como parte de El Gran Espíritu, debían dejarse inspirar por él, cuando había momentos de duda, el hombre debía reclamar una visión, y para ello debía retirarse y leer los signos que se le daban en la soledad, cualquier brisa, sonido o suceso, por pequeño que fuera tenía todo su significado y poder. Para los hombres de conocimiento, todo está vivo y la naturaleza habla. Ella debe permanecer intacta y sagrada. Toda la enseñanza está contenida aquí, pero la sabiduría no se percibe con la mente, sino directamente con el cuerpo, que ya tiene la sabiduría sin nosotros saberlo. 

Marcos Carrasco. En Leyendas de Escobulandia.

Puedes ESCUCHAR la Dramatización en el Podcast, La Llamada De La Luna (LLDLL)

 

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